Quizá haya sido siempre así, pero parece evidente que el apogeo de las redes sociales ha contribuido al clima de vaticinios apocalípticos y desastres a priori en los que se envuelve la única realidad incontestable que se me ocurre: nuestra selección es libertad disfrazada de comunismo o, dicho de otra manera, el individualismo más absoluto travestido como interés común. Las posibilidades del combinado nacional pasaron a depender de nuestras filias y nuestras fobias, de que nuestros héroes particulares estuviesen presentes y del número de jugadores aportados por nuestros equipos a las convocatorias, una traslación impecable del desconocimiento y el seguidismo al campo de la estadística.





